No soy un borracho, pero tampoco soy un santo. Un hechicero no debería ser un "santo"... Debería poder descender tan bajo como un piojo y elevarse tan alto como un águila... Debes ser dios y diablo a la vez. Ser un buen hechicero significa estar en medio de la tormenta y no guarecerse. Quiere decir experimentar la vida en todas sus fases. Quiere decir hacer el loco de vez en cuando. Eso también es sagrado.»
Corzo Cojo (brujo siux de la tribu Lakota)
Historias de terror (o mejor dicho, que intentan ser de terror), en constante evolución... Éntrele, colabórele... Si está interesadx en mandar contribuciones, contáctenos a lacasitadeterrordelaadriana@gmail.com
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sábado, 24 de agosto de 2013
Siempre caen
I
Existen pocas cosas más desesperantes en esta vida que amar a alguien y no poder decirlo. Suena fácil cuando te aconsejan que simplemente lo digas, pero hay veces en que no es posible. Mil razones pueden estar ahí... Quizás hacerlo podría causar daño a la otra persona, o quizás simplemente ya no sea posible.
Las historias de amor enfermizo son tan comunes como las de amor "a secas." Todos hemos tenido una obsesión amorosa... Y todos hemos escuchado historias de obsesiones que incluso trascienden esta vida. Esta historia no es muy distinta... O quizás sí un poco.
§§§
Me contactó por la página de Facebook. Quería un desamarre de un "cliente" que estaba sumamente obsesionado con ella. En este trabajo eso es tan común como respirar, así que le dí cita para que me diera los detalles de la chamba y conversar. Más del 80% de mi negocio consiste en escuchar a los clientes, entender sus problemas. La gran mayoría de ellos están desesperados y guardan niveles de ira o miedo que pocos pueden manejar sin sentir que su vida se cae a pedazos. Y para prácticamente todos soy la primera persona con la que pueden hablar de "su problema," así que hablar es una parte fundamental.
Ella sólo podía por las mañanas, así que convenimos vernos el siguiente jueves a las 8:00 en mi local. Ése día me sentía extrañamente pesado, débil. Generalmente duermo poco, dos o tres horas a lo mucho, pero esta vez quería seguir durmiendo toda la mañana. Pero trabajo es trabajo, y con la temporada de clases encima quizás sería el último negocio que sacaría en uno o dos meses. Así pues, me levanté, me vi al espejo, me rasuré la poca barba que tenía y salí de al local. Camila seguía en la cama, era hora de pasearla, pero se me hacía tarde y ella no daba señales de querer despertar, así que me fui así.
Dieron las 8:00, las 9:00 y las 10:00... Todo parecía indicar que no llegaría (no sería la primera vez), pero aproveché para escombrar un poco. Arreglar la fruta de la Santa, limpiar mi Xalbú (un espíritu-demonio increíblemente efectivo para estos casos) y justo cuando me disponía a cerrar la cortina llegó.
No se confundan, soy gay... Pero cuando la vi no pude evitar pasmarme por sus enormes tetas. No exageradas como operación mal-hecha, no, eran un perfecto par de melones imposibles de evitar, y ella lo sabía. Llevaba el pelo suelto, algo alborotado, abundante, salvaje e intensamente negro (casi seguro usaba tinte). Su blusa y vestido no disimulaban mucho, era de ese tipo de mujeres que no tienen miedo a enseñar sus formas... Pero sus ojos... Sus ojos eran duros, tremendamente intimidantes incluso para mí, que acostumbro dominar a mis clientes fácilmente sólo con la mirada. Apostaría que pocos hombres se atreverían a faltarle al respeto. Pero detrás de esos mismos ojos amenazantes ella ocultaba algo, aún más profundo, de eso no había duda.
— Hola, venía por el anuncio. Le envié un correo y quedamos de vernos hoy.
— Sí, sí, pasa por favor, la estaba esperando—.
A estas alturas no me iba a poner a reclamarle la hora, aunque ganas no me faltaron. Le indiqué que pasara al fondo del local, el cual tengo estratégicamente oculto para tener privacidad y evitar los mirones que mis santos suelen atraer. Pero con sus tremendos tacones temía que la semi-oscuridad del fondo creara algún desastre. Pero todo fue bien.
— Éste es él —me dijo mientras me enseñaba una fotografía de ella con un tipo bastante feo, en lo que parecía ser un antro. —Sólo lo quiero fuera de mi vida, no hay necesidad de entrar en detalles.
La frialdad de su voz era obviamente fingida. Mis instintos me decían que quizás era mejor dejarlo así, hay veces en que lo mejor es no entrar en detalles. Pero mi boca respondió casi sin darme cuenta...
— Ésa no es la forma en la que trabajo. Necesito entender cuál es la situación para saber si puedo ayudarte. Hay cosas que van más allá de lo que me es permitido, y en ese caso tendría que rechazar tu trabajo.
Su mirada me lo dijo todo, si hubiera podido asesinarme sólo con su
—¿Pero quién tú te crees? Mira chamaco, si ofreces un servicio es mejor que lo hagas y no me hagas perder el tiempo. ¿Puedes hacerlo o no?
Su referencia a mi edad, que usualmente nadie menciona, me crispó la sangre. Pero dudar de mis habilidades pasó de la línea. Así que le tocó uno de mis discursitos...
—A ver, mira, no me malinterpretes. Sería muy fácil para mí ser uno de esos charlatanes que prometen ayuda para todos los problemas y te exprimen el dinero de lo lindo. Pero yo no soy así. Yo sé lo que puedo hacer y lo que no, cobro una única vez y no hay cargos ocultos ni nada que no te diga desde un principio. Lo que digo que voy a hacer, se hace y si no se cumple te devuelvo tu dinero. Si encuentras alguien más que te dé las mismas condiciones, simplemente yo no sé por qué sigues aquí. Así que si quieres que te ayude, puedes empezar por decirme qué es lo que te pasa. Si crees que puedes engañarme con esa actitud de maldita estás muy equivocada. Yo estoy aquí para ayudarte, si tú me dejas. De lo contrario, estás en tu derecho de irte.
Infalible. Antes de darme cuenta, y sin dejar sus gestos duros, lágrimas escurrían por sus mejillas. Era obvio que estaba apunto de estallar, pero algo se lo impedía. Sin que pudiera decir nada recogió su bolsa, sus fotos y se fue.
§§§
No supe nada de ella por casi dos semanas. El negocio estaba terriblemente bajo y no podía evitar pensar en ella. Algo en su mirada era distinto, algo en sus ojos se ocultaba de mí. Nunca había sentido algo parecido, era como ser observado por dos personas completamente distintas. Pero probablemente jamás la volvería a ver.
El domingo de la tercer semana me llegó un mail de su cuenta. Al principio no lo reconocí, y su escueto texto no ayudaba mucho, pero como había visto pocos clientes fácilmente lo recordé.:
"Necesito verlo de nuevo esta semana el jueves a la misma hora
Y."
"Siempre caen," pensé. Pero no tienen idea de cuánto me arrepentí después.
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