Saliendo del antro nos fuimos a la casa de Roberto, a donde llegamos más o menos a las 3 de la mañana. Su casa está en Iztapalapa, muy cerca de Santa Martha (casi llegando al Cerro de la Estrella). Es una casa grande y fría de dos pisos, con paredes limpias y pelonas. Por alguna extraña razón la cocina se encuentra en el primer piso, a diferencia de casi a todas las otras casas a las que he ido. Como aún hay algunas secciones en construcción, el pasillo que comunica a la cocina con las otras habitaciones del mismo piso no tiene barandal, aunque es bastante amplio, por lo que hay poco riesgo de caer. La habitación de Roberto se encuentra inmediatamente a lado de la cocina, por lo que nos pidió esperarlo ahí mientras ordenaba su cuarto.
Desde el momento en que llegamos tuve la sensación de ser observado y de que la casa era extrañamente fría. En la Ciudad de México existe mucha humedad en el subsuelo, por lo que las casas suelen ser frescas en verano y algo frías en invierno, pero nada insoportable. Sin embargo, esta casa era especialmente fría. A pesar de que apenas estábamos en octubre, no me quité la chamarra al llegar. Lo cierto es que no hice mucho caso a esos detalles, pues llevaba varias noches durmiendo mal y asumí que era sólo una cuestión de cansancio y las chelas que nos habíamos tomado.
Quince minutos después, Roberto nos dijo que ya estaba lista la recámara, así que nos fuimos para allá. La habitación era grande, fría como el resto de la casa y de paredes color mostaza. Había unos cuadros en las paredes, pero nada que pueda recordar. Muy cerca de la puerta había un refrigerador descompuesto, detrás del cual había un sillón, junto a éste la cama y, el otro lado de la habitación, un ropero. No había más muebles, así que fue fácil poner unas cobijas en el suelo y armar dos pequeños camastros. Decidimos que Daniel se quedara en la cama y Roberto y yo nos acostamos en el piso.
Poco después de apagar la luz, sentí un escalofrío intenso y una mirada sobre mí. Algo me decía que no volteara, pero no resistí la curiosidad y al hacerlo pude ver claramente a un hombre apostado junto al refrigerador que me miraba fijamente. No podía distinguir sus ojos ni ningún otro rasgo de su cara, pero claramente era un hombre... Me asusté muchísimo y sólo atiné a voltearme y tratar de calmar mi respiración. Me repetía una y otra vez que todo estaba sólo en mi cabeza y poco después caí dormido.
Algunas semanas más tarde, Roberto me llamó un domingo y me dijo que sus padres estaban fuera de la ciudad, por lo que quería saber si tenía ganas de pasar la noche con él. Como no tenía nada mejor que hacer, accedí y llegué a su casa a eso de las 10. Cenamos, platicamos y escuchamos un poco de música en la cocina, aunque no bebimos alcohol porque él trabajaba al día siguiente.
Poco antes de la media noche, decidimos prepararnos para ir a dormir, así que nos fuimos a la recámara dejando la luz de la cocina encendida. Seguimos platicando una hora más o menos hasta que decidimos que era tiempo de ir a dormir. Como estábamos muy a gusto en la cama, Roberto ya no quería apagar la luz de la cocina, por lo que me ofrecí a ello. En cuanto salí de la habitación sentí una vez más el intenso escalofrío de la vez pasada. Me paralicé por un instante, pero sin pensar apagué la luz y me dirigí de inmediato de regreso... Pero ahí empezó todo...
Había dado dos pasos fuera de la cocina cuando sentí claramente como "algo" me aventó para hacerme caer del pasillo... A duras penas alcancé a agarrarme de la puerta del cuarto de Roberto para evitar caerme, pero al hacerlo la empuje y entré de golpe. Roberto volteó asustado y me preguntó qué me pasaba... Como no quería pasar como un miedoso paranoico, le dije que simplemente me había resbalado. No quería mencionar nada de lo que había visto la vez pasada, ni sobre las sensaciones "raras" que tenía en su casa (pues seguía creyendo que todo estaba en mi cabeza), pero el susto me ahuyentó el sueño. En lo que me regresaba el sueño nos pusimos a ver vídeos en la laptop de Roberto y así estuvimos hasta pasadas las 2 de la mañana.
Finalmente, ya adormilados pusimos unas cobijas en el suelo para que me acostara y Roberto apagó la luz. Sin embargo, tan pronto dejamos de hablar, la temperatura empezó a bajar bruscamente. A pesar de que quería convencerme a mí mismo de que estaba alucinando, empecé a escuchar un ruido lejano de pasos que se aproximaban cada vez más y más a la puerta. Y el frío. A pesar de tener tres cobijas encima no dejaba de tener frío. Y los pasos. Cada vez podía escucharlos más y más cerca y casi podría jurar que no eran de una sola persona, sino de varias... Mi corazón se estremeció al escuchar la voz de Roberto:
- Adrián... ¿Escuchas esos ruidos?
- Sí. ¿Estás seguro de que estamos solos?
- Sí.
Un escalofrío aún mayor que cualquiera de los que había sentido antes recorrió mi cuerpo. Sentía la boca seca y las manos sudorosas. Los pasos se escuchaban cada vez más cerca y más apresurados. Roberto iba a decir algo más, pero instintivamente lo callé:
- ¡Shhh...!
En ese momento ya no se escuchaban unos cuantos pasos, si no como si toda una multitud estuviera caminando hacia nosotros... De repente, ya no sólo parecían caminar, sino que empezaron a apresurarse cada vez más y más hasta el punto en que pensé que corrían estrepitosamente. A pesar de que el pasillo era de tan sólo unos diez metros, lo que fuera que se acercaba tardaba una eternidad en llegar... ¿Qué lo detenía?
Yo no sabía qué hacer, sentía mi corazón latir rápidamente y de mi frente empezaban a escurrir gotas de sudor frío. Repentinamente el ruido cesó y la puerta empezó lentamente a abrirse...
Sin pensar, me levanté de un golpe y me recargué contra la puerta para impedir que se abriera...
-Roberto, ¡prende la luz...!
Roberto tardó unos instantes en reaccionar, pero en cuanto lo hizo se levantó y encendió la luz. Empecé a escuchar un ruido como de manos que se recargan contra la puerta... Sin atinar a saber cómo reaccionar, empecé a hablar con Roberto, pero éste no me respondía... Me volteé a verlo y me dí cuenta de que estaba paralizado y con la mirada vacía... Sus ojos cristalinos me desquiciaron... Sus brazos estaban caídos a sus costados y parecía estar a punto de desmayarse...
- ¡Roberto!
Lo sacudí con una mano mientras sostenía con la otra la puerta, pero el seguía sin reaccionar... Me veía, pero era como si no estuviera ahí. La puerta seguía azotándose como si algo o alguien quisiera entrar, el ruido de manos era cada vez más nítido y aumentaba en número... Conforme más y más parecían llegar la fuerza con la que la puerta era empuejada crecía, pero aún era débil y podía deternelas... Pero cada vez eran más y más...
- ¡Roberto!
Le grité una vez pero no respondía...
- ¡Roberto!
La puerta empezó a tambalearse con más fuerza, como si un viento muy intenso la golpeara. Y el ruido de manos crecía y crecía...
- ¡Roberto, reacciona por favor!
La tercera vez que grité las ventanas empezaron a agitarse violentamente, como si afuera hubiera un huracán que amenazara con reventar los vidrios en cualquier instante... Las manos, el viento, lo que fuera que estuviera afuera se hacía cada vez más fuerte y yo no sabía qué hacer. A punto de las lágrimas susurré lentamente:
- Roberto, por favor...
Como despertando violentamente de un sueño, Roberto reacción finalmente y corrió a su cama, de donde sacó de debajo del colchón un cuchillo. Con una voz fuerte y clara me ordenó quitarme de la puerta, ante lo cual yo sólo me hice de a un lado y casi inconscientemente caí sobre el sillón. Me temblaban las piernas, las manos, todo el cuerpo... Y sólo atiné a quedarme ahí mirando como Roberto, con el cuchillo en mano, trazaba una especie de X sobre la puerta y decía algunas palabras en voz baja que no pude distinguir.
Los ruidos empezaron a ceder lentamente, la puerta dejó de azotarse y de pronto parecía que todo había terminado. Roberto y yo intercambiamos miradas, parecía que ninguno de los dos quisiera delatar nuestra presencia a lo que había hecho los ruidos. Finalmente dije de manera casi imperceptible:
- ¿Estás seguro de que estamos solos?
- ¡Que sí!, te digo - gritó.
El frío de la recámara no había disminuido y un penetrante olor a excremento y podredumbre empezó a inundar la habitación. Guardamos silencio como queriendo saber si "eso" seguía o no afuera. Ninguno de los dos sabía qué decir o hacer, cuando de repente los ruidos de pasos empezaron a escucharse más violentamente que nunca y la puerta tembló tan violentamente que se abrió de un azotón.
Sin pensar me escondí atrás del sillón y empecé a rezar torpemente algo que alguna vez me enseñó mi madre. Un sabor salado de lágrimas y mocos invadió mi boca, ni siquiera me dí cuenta cuando empecé a llorar.